Carlos B.M.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Tiempo.

No os podéis ni imaginar lo que es no tener tiempo para prácticamente nada. Sí. Habrá alguien que en un primer momento haya pensado en cambios de temperatura, frio, lluvia, nieve, niebla,... en fin, en el tiempo meteorológico. Pero no. No es este el tiempo al que me refería si no al que nos marca el día y la noche, la mañana y la tarde. Es la dimensión temporal (qué fuerte, ¿no?), el que nos hace salir corriendo todos los día de casa, el que determina nuestra jornada laboral, educativa o simplemente todos y cada uno de nuestros momentos en la vida.

Pero el tiempo no es igual aquí, en la gran urbe, que en el pueblo. En Navarrevisca el tiempo sufre una alteración que ya me gustaría a mi que el Sr. Albert Einstein me lo explicase (con todos mis respetos).

Hay veces que el reloj se ralentiza:
- Si vas a dar una vuelta por alguno de los caminos, entre árboles, agua y piedras, verás cómo sin darte cuenta se te hacen las mil.
- Si te pones a hablar con algún familiar o amigo casi no habréis empezado a contaros algo cuando alguno se tiene que ir, sobre todo suele ocurrir con el sector femenino.
- En los bares, el aperitivo convierte la comida en merienda y hace que la familia se te meriende. ¿Qué tendrán las burbujas de la cerveza o el agua de los hielos que hacen perder la noción del tiempo? Y ¿Por qué nunca es culpa nuestra el llegar tarde y siempre es de "fulanito" o "menganito" o del tabernero que "nos ha invitado a la penúltima"?
- Si vas a misa,... qué os voy a contar,...Sólo hay que ponerse por la parte de atrás y quedarse de pie para ver cómo uno de los mayores entretenimientos de los feligreses es mirar la hora (a veces alguien lo hace en más de una ocasión a lo largo de un minuto). Y que no haya procesión, porque si no... Los más cagaprisas siempre cogen algún atajo para llegar los primeros.

Por desgracia también hay veces que el tiempo corre que se las pela, como cuando estamos tan a gusto por la noche y no podemos llegar pronto a casa y se nos hacen las tantas con la consiguiente charla de nuestros padres o pareja, o cuando vemos que es domingo, acabamos de comer y el sol va agrandándose y cambiando de su color oro intenso al naranja de preaviso para, al igual que un semáforo, ponerse rojo prohibiéndonos permanecer en el pueblo un minuto más.

Y ahora, de vuelta en la gran ciudad, a pensar en cuándo volveremos a estar y disfrutar de las horas, minutos y segundos en la tranquilidad y aire puro de Navarrevisca.