Me faltaba tiempo para salir de clase del colegio con la cartera cargada de libros, ya que entonces no habían las mochilas maravillosas con ruedas de ahora. Bajaba las escaleras lo más rápido que mis delgaduchas y torcidas piernas, y algún que otro compañero tranquilote, me lo permitían y en cuanto asomaba mi cabeza por la puerta ya lo estaba buscando. Miraba a un lado, al otro y ..., por fin, allí estaba. Viejo, cargado hasta arriba, su color verde oscuro hacía que la chapa se recalentase un poco. En el interior, unos asientos de escay que también se calentaban que daba gusto acomodaban el trasero de cuatro niños para iniciar uno más de los muchos viajes a "nuestro pueblo".
Entonces no había cinturones en las plazas traseras, ni asientos infantiles, ni elevadores, ni aire acondicionado, ni... Pero sí había unas ganas tremendas de pasar las dos horas de viaje por carreteras estrechas y llenas de curvas para llegar a Navarrevisca lo antes posible. En invierno salíamos casi de noche pero según avanzaban los días llegábamos con la luz del astro rey cegando en las últimas subidas.
El viaje se amenizaba con canciones principalmente infantiles. ¿Quién no ha cantado -y me refiero a los que rondan los cuarenta- las canciones de los payasos de la tele, o de las series de televisión como Heidi, Marco, la abeja Maya,...? Si alguien se mareaba, se paraba a la orilla (sin chalecos, sin triángulos,...) y a tomar el fresco.
Salíamos de Alcorcón, donde vivíamos, y tras pasar un stop peligroso cogíamos la comarcal 501 (ahora dividida en Avda. de San Martín de Valdeiglesias, M-506 y M-501 o "de los pantanos"), atravesábamos con algún que otro atasco Villaviciosa de Odón, Brunete, Chapinería, Navas del Rey, Pelayos de la Presa y después de cuzar San Martín de Valdeiglesias y entrar en la provincia de Ávila subíamos el Atalaya para empezar con las "herraduras" antes de "temblar" con las calles adoquinadas bordeadas de aceras-mostrador de frutas y verduras de El Tiemblo. Continuábamos por la revueltas antes de llegar a la presa del Burguillo y seguir hacia el puente de la Gaznata para girar a la izquierda después de pasar la gasolinera de Juanjo (la última antes de llegar, entonces) y recorrer la revirada "cola" del pantano. Tras la recta, Navaluenga, y desde aquí unas pocas curvas hasta Burgohondo y una colección de ellas subiendo desde el Morisco hasta Navarrevisca, con descansillo para los motores al llegar al alto de Navahondilla, principio del término municipal.
Al coronar el Truchero para empezar a bajar por el "Praíllo" hacia el pueblo me inundaba una alegría que no sé cómo describirla. Me faltaba tiempo para bajarme del coche y salir corriendo a ver a mis abuelos. Tuve la suerte de conocer a los cuatro y de aprender muchas cosas de ellos, entre ellas el amor y el respeto no sólo hacia las personas (primordial) si no también hacia la naturaleza, por lo que el proyecto de los senderos me agradó tanto que, aunque ya no vaya al pueblo como lo hacía antes, me animó a colaborar creando la web y disfruto haciendo las rutas y senderos y pienso en todos aquellos que los recorrieron e hicieron posible que muchos estemos aquí y ahora. Va por ellos.
1 comentario:
Genial....ya se me estaba olvidando...que bien lo pasábamos eh? en el simca1200. Como le engañaban papá y mamá, siempre iba cargado. Cuando tuvimos el accidente íbamos cantando y casi no nos enteramos.No hay nada como cantar.
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