Carlos B.M.

martes, 23 de diciembre de 2008

Navidad.

Siempre he de pensado que en este pueblo todo es distinto. Y la Navidad no iba a ser menos.
Hace muchos años, yo era pequeñito (sí, los que me conocen saben que no he crecido mucho, pero aún lo era más entonces), estaba deseando que nos dieran las vacaciones en el cole para pasarme las dos o tres semanas de rigor corriendo por las calles.
Por aquel entonces, finales de los 70 o primeros 80, pasaba casi todos esos días corriendo por unas calles de tierra o mejor dicho de barro, pues en cuanto caían cuatro gotas se formaba un delicioso barrizal mezcla de la tierra y los excrementos que dejaban las numerosas reses de ganado para gozo y disfrute de todos (ahora entiendo porqué razón a mis padres no les agradaba tanto cuando me veían llegar rebozado en aquél delicioso ungüento).
Jugábamos en el cotanillo, las escuelas y en todas las calles de alrededor de la plaza y la iglesia y, en cuanto caía el sol y empezaba a refrescar (ahora diríamos a helar), nos ibamos a nuestras respectivas casas, pues el reloj de los abuelos no fallaba y enseguida oías sus voces llamando para que fueras a cenar. Igual que ahora, que ves a críos jugando en la plaza cuando bajas a tomar un café y una copa después de cenar y acostar a tus hijas.
Pero es que ahora hay luz. Sí. Ahora hay luz, porque lo de antes era distinto. ¿Quién no se acuerda de las luces amarillentas, tililando que parecía que se iban a apagar? ¿Y esas bombillas de 125 V, esos fusibles gordotes y los cables con cuatro grapas recorriendo la casa?
En fin, que llegabas a casa y la pálida luz de las bombillas junto con aquellas sombras ágiles que se movían merced al crepitar de las llamas en la lumbre daban el acompañamiento triste y alegre, cálido y frio, de las noches de invierno a la hora de cenar mientras los abuelos o tus padres veían el "parte" y tras tu tazón de porcelana de leche (y esto era la leche) con cacao procedíamos a recoger gustosos el abrazo de un colchón de lana que junto al frío que hacía evitaba que hiciéramos cualquier movimiento hasta la mañana siguiente.
Y pasaban los día y llegaban... ¡Los Reyes! Los mejores, los auténticos, los de Navarrevisca. Cuantos años, cuantas cartas, cuantos regalos, pero los que más recuerdo los que dejaban en casa de los abuelos. En Alcorcón serían más bonitos y más caros pero los del pueblo eran maravillosos, distintos, prácticos: zapatillas, calcetines y calzonc...ehh...ropa interior, cuadernos, lápices de colores, caramelos o dulces,... Además, que si algo no te valía ibas donde tío Siro (d.e.p) y lo cambiabas, porque los Reyes Magos habían pasado por allí a recogerlos. Para información de algunos todavía conservo un cuaderno de aquella época. Alucinas.
Ahora todo ha cambiado: las calles están de cemento, mucho más limpio y peligroso cuando te caes; la iluminación va a más voltaje, aunque cuando hay mucha gente ilumina casi igual y tiembla por el estilo (no me meto en si tardas una hora en calentar un vaso de leche en el microondas pues puedes hacerlo con un cazo en veinte minutos en la vitro); el que más o el que menos tiene calefacción y ha cambiado su "corchón" de lana por un Flex y guardado, por si las moscas, la bolsa de agua caliente para otros tiempos; y los Reyes siguen viniendo, aunque ahora son más generosos y se gastan un dineral en cosas electrónicas para que no pasemos frio jugando juntos en la calle y lo hagamos cada uno en nuestra casita.
Pese a todo, yo deseo y espero estar allí algún día (fin de año) y disfrutar de mi pueblo con toda la ilusión e interés que tenía el año pasado, y el anterior, y el otro, y...
A todo el mundo y en especial a mi familia, ¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO 2009!

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